Anteayer, como aquel que dice, andábamos brindando por la Navidad con nuestra gente querida, por los deseos para el año nuevo y sonriéndonos con afecto porque esos, son deseos nobles que salen del corazón. Hoy, con la cuesta de enero, parece que el frío los hubiera congelado y arrinconados junto a los mantecados sobrantes que, desolados, han quedado en la esquina de la mesa del salón. Es el signo de estos tiempos locos que vivimos, pero que no les resta autenticidad a los sentires compartidos.
Hoy, con la cuesta de enero, parece que el frío los hubiera congelado y arrinconados junto a los mantecados sobrantes que, desolados, han quedado en la esquina de la mesa del salón. Es el signo de estos tiempos locos que vivimos, pero que no les resta autenticidad a los sentires compartidos.
Por eso, querer, anhelar, desear para nuestra gente, para nuestra juventud un trabajo que alimente y permita vivir una vida emancipada, o que nuestros mayores tengan una vejez digna y, ¿por qué no?, ¡feliz!, bien atendidos, bien cuidados y bien valorados; que nuestras generaciones futuras obtengan una educación libre y de calidad, o una asistencia sanitaria eficiente y universal, alguien lo traducirá en un discurso político que, bien pensado, ¡claro que lo es!.
Bien mirado, esas son las cosas que conectan nuestras vidas con la realidad, esas vidas que unos andan empezando, otros, las luchan para encontrar su lugar en el mundo y nuestras personas mayores que contemplan su ciclo personal con una larga perspectiva. Eso es lo que nos importa.
Sentires y política son, a bote pronto, conceptos valorados como antagonistas y no lo son. Que el desapego de los malos políticos no nos aleje de lo que sentimos y necesitamos porque esa es la conexión que bien haríamos en no perder, la que vincula nuestros deseos sinceros que sabemos ciertos con las decisiones políticas que ayudan a acercarnos a vivir una vida con oportunidades justas o la de las decisiones que provocan, agudizan y perpetúan las desigualdades que tanto lamentamos después.
Así es que, si me lo permites, piénsalo cuando te comas ese último mantecado que sé que te comerás, y no permitas que los honestos deseos que en realidad son tus auténticas necesidades por las que brindamos anteayer, queden en el vacío, desconectadas de nuestras vidas dejándolas en unas manos ajenas, alejadas de tu realidad y que podrán, como de hecho vemos, conducirlas a donde quieran.






