
Conservadora de Museos.
Hablar hoy de vivienda en nuestro país es hablar de una emergencia que atraviesa la vida; no solo por la escasez de vivienda asequible y digna, sino también porque una parte importante de la población está siendo expulsada de los lugares donde aprendió a vivir. Cuando alguien se ve obligado a abandonar su entorno habitual, deja atrás referentes cotidianos que construyen identidad y sentido de pertenencia, y pierde una red social, una memoria compartida y una manera concreta de estar en el mundo.
Estos desplazamientos socioeconómicos forzados debilitan los vínculos vecinales, rompen la continuidad entre generaciones y vacían de contenido la idea misma de comunidad. El cierre del comercio de proximidad no es solo un problema económico: supone la desaparición de espacios donde la ciudad se reconocía a sí misma. Poco a poco, los barrios dejan de ser lugares vividos para convertirse en escenarios pensados para el consumo.
El urbanismo no es una cuestión técnica neutral ni ajena a la vida diaria. Basta observar cómo se distribuyen los servicios, los cuidados o los tiempos de la ciudad para entender que planificar también implica decidir quién importa. Existen miradas que demuestran que otra forma de hacer ciudad es posible, poniendo en el centro la vida cotidiana y a quienes la sostienen. Sin embargo, las decisiones que se imponen siguen respondiendo, en gran medida, a la lógica de la rentabilidad económica inmediata.
Uno de los síntomas más visibles de este modelo es el vaciamiento de los centros históricos. La presión turística ha convertido la vivienda en un objeto de inversión y uso temporal, desplazando a quienes daban continuidad a esos espacios. Caminar hoy por estos centros supone encontrarse con una escenografía donde las ciudades son cada vez más uniformes y parecidas entre sí.
Este proceso se repite, con pequeñas variaciones, allí donde la vivienda turística, la restauración orientada al visitante y los eventos para el consumo sustituyen a las prácticas culturales propias. Las fiestas, los espacios e incluso los tiempos de la ciudad se reorganizan para quien llega, no para quien permanece.
Frente a este escenario, recuperar una política de vivienda protegida realmente pública sigue siendo una posibilidad real, siempre que se entienda como un bien común y no como un producto destinado a la privatización. La experiencia de otros países demuestra que es posible garantizar alquileres estables. A ello se suman alternativas como el alquiler social o las cooperativas de vivienda, que cuestionan la identificación automática entre propiedad y seguridad.
Las dinámicas urbanas actuales reflejan un modelo social que ha debilitado la vida en común y ha normalizado el individualismo. En esta ciudad de los patios, donde lo privado y lo colectivo convivían de forma natural, esta pérdida resulta especialmente visible. Recuperar esos espacios implica volver a ocuparlos, reconstruir vínculos y defender, desde lo cotidiano, el derecho a seguir habitando allí donde nuestra vida ya estaba arraigada.
Os dejamos el texto en formato audio:






