
El ser humano es proclive a la simplificación y a las generalizaciones. Su modo de relacionarse con el mundo depende, en cierta manera, de cómo interpreta su alrededor en base a lo aprendido y lo aprehendido. Y entiendo, sin conocer todas y cada una de las culturas de nuestra sociedad global, que es algo transversal a todas ellas. Pero si bien compartimos ese modus operandi, el precio a pagar por los estereotipos y los prejuicios que comportan difieren en mucho. Es el caso de África y los africanos.
África es un continente de 55 países y con alrededor de 2000 lenguas que, a día de hoy, tiene más de 1500 millones de habitantes. Además, es un continente tres veces mayor que Europa, con una extensión que podría albergar en su interior a la propia Europa, a China y a Estados Unidos. Y si entre Tánger y Tarifa hay unos catorce kilómetros de distancia, entre Tánger y Ciudad del Cabo, en el extremo sur, hay más de once mil kilómetros que albergan climas desérticos, tropicales o continentales y una biodiversidad de flora y fauna incalculables. Pero con toda esta riqueza, ¿qué es lo que vemos exactamente y cómo recibimos esa complejidad?
La imagen que continuamente nos llega de África es la de sus estereotipos y que nos cuentan que, como si constituyera una amalgama homogénea, es un continente aflicto por la pobreza, los conflictos, la corrupción, la falta de liderazgo y las enfermedades. El mensaje queda claro: África está rota, es dependiente y carece de la capacidad para gobernarse a sí misma. Y eso, por supuesto, tiene un precio. Porque se ha calculado que esa visión negativa provoca un coste de millones de dólares, relacionado con un pago de intereses y deudas mucho más elevado en comparación con otras regiones del mundo. Esta situación socava su capacidad de desarrollo y el futuro de los africanos, por culpa de la consagración de unos estereotipos que no dejan de ser, como apunta el periodista Alfonso Armada, una forma de racismo. El mismo racismo que ha llevado a recortar innumerables fondos de los programas de cooperación internacional y cuyo paradigma han sido los recortes en USAID, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional. Lo cual, igualmente, tiene un precio: investigadores en salud global han calculado que la reducción de esa financiación podrá provocar más de 14 millones de muertes adicionales de aquí a 2030, poniendo en riesgo todos los avances alcanzados hasta la fecha.
Para luchar contra todo eso, se necesita un cambio radical de mirada, que empiece por contar el continente en su globalidad, no obviando los problemas, sino abriendo la perspectiva, huyendo de la historia única que denunciaba la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. O como decía el economista caboverdiano Carlos Lopes, abriendo la habitación para que entre más luz y ver más de su interior, plagado también de historias de éxito con las que inspirarnos. Lo contrario será perpetuar estereotipos y prejuicios y, por tanto, prolongar la injusticia y la desigualdad.
Os dejamos aquí el texto en audio:






