
Activista sociocultural y ecopacifista.
La publicación del Real Decreto 180/2026 el pasado mes de marzo ha levantado una vez más los caldeados ánimos de esa parte de rancios patriotas obsesionados con defender nuestras fronteras de hipotéticas invasiones extranjeras que, casualmente, siempre están protagonizadas por personas empobrecidas y de piel oscura. Han circulado proclamas, alegatos y bulos haciendo mención a un presunto efecto llamada, criticando que la sanidad pública asuma la cobertura de todos los forasteros que pasen por aquí mientras no da abasto con los que ya estamos dentro del país. En realidad, la citada norma solo pretende facilitar el acceso a la sanidad pública de las personas extranjeras que ya viven en territorio español, pero carecen de residencia legal. Y también a ciudadanos europeos o españoles que residen en el exterior y vienen temporalmente a nuestro país sin disponer de otra cobertura sanitaria. Es algo que ya se venía haciendo en algunas comunidades autónomas como la andaluza, pero no en otras. El Real Decreto pretende establecer criterios homogéneos en todo el estado español y desburocratizar los procedimientos, para garantizar a todas estas personas un derecho tan básico como es la protección de la salud. Cuesta trabajo creer que haya gente que se oponga a ello, aunque solo sea por puro egoísmo: mantener a colectivos desfavorecidos sin la debida atención sanitaria no solo comporta un riesgo para su propia salud sino que es un riesgo para la salud pública de toda la comunidad en la que viven, porque se multiplican las posibilidades de brotes epidémicos de infecciones transmisibles, de complicaciones por enfermedades crónicas, de embarazos y partos de riesgo, de problemas de salud mental no controlados.
Eliminar barreras para el acceso de todas las personas a los servicios sanitarios contribuye de forma importante a reducir desigualdades en salud dentro de nuestra sociedad. Pero las mayores desigualdades en salud están estrechamente relacionadas con las condiciones socioeconómicas en que nos desenvolvemos. Un informe de la Organización Mundial de la Salud ya vino a concluir en el año 2008 que “la injusticia social mata a gran escala” y en el Informe Mundial sobre determinantes sociales de la equidad en salud publicado el año pasado puso de manifiesto que las desigualdades sociales en el mundo han aumentado significativamente durante las últimas décadas, provocando un aumento de las desigualdades en salud. Es, desde luego, dramáticamente llamativa la brecha entre los países del Norte y del llamado Sur Global. Pero las desigualdades han aumentado incluso dentro de los propios países y numerosos estudios lo evidencian. Si vives en Madrid tendrás una esperanza de vida cuatro años superior a si vives en Cádiz. Los ingresos económicos, el nivel de estudios, las condiciones de nuestra vivienda, la estabilidad en el empleo, o la contaminación del aire que respiramos en nuestro barrio, condicionan totalmente nuestro estado de salud.
Por eso, hoy 7 de abril, Día Mundial de la Salud, no podemos olvidar que la mejor manera de avanzar en nuestra salud colectiva es luchar por la justicia social.
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