
La profecía autocumplida es un término acuñado por Robert K. Merton en su libro de 1.948 Teoría Social y Estructura Social y hace alusión a un proceso en el que una creencia o expectativa, aunque en un principio parezca absolutamente falsa, influye en nuestro comportamiento de tal forma que hace que esa idea acabe realizándose. Pasó durante la Primera Guerra Mundial, cuando las potencias se armaron hasta los dientes por miedo a un conflicto que al final se acabó realizando, en gran medida provocado por esa hostilidad previa.
Hoy en día los gobiernos occidentales propugnan sin ambages que hay que prepararse para un ataque ruso, lo que dispara la carrera armamentística y los actos hostiles. Esta carrera armamentística no sólo es negativa por lo que supone de confrontación o amenaza, sino que es un enorme bocado en los presupuestos nacionales. Bocado que tendrán que compensar con bajadas en las partidas presupuestaria destinadas a temas sociales como la sanidad, la educación, pensiones, etc. Este discurso es el que predomina en nuestro entorno: hay que prepararse para una guerra que según ellos será inevitable, cuando el sentido común y los informes más lógicos nos dicen lo contrario.
Igualmente, este tema influye día a día en la percepción que la ciudadanía tiene de su propia seguridad. Nos acribillan con mensajes de ocupaciones de viviendas, de violaciones y de delincuencia… Y eso nos lleva a meternos en un bunker, a protagonizar manifestaciones en las que se exige más policía y a desconfiar de cualquier persona no conocida, especialmente si es racializada. Todo esto sucede mientras el Ministerio del Interior y la propia policía desmiente esos hechos. Pero no importa la verdad. o importa lo real. Solo importa el relato, y este siempre nos dice que estamos en peligro y que tenemos que protegernos como sea.
No cabe duda de que este miedo resulta muy rentable para el sistema. En primer lugar, porque nos hace consumir medidas de seguridad como lo son las alarmas, los sistemas de videovigilancia o la contratación de grupos del estilo de Desokupa, a los que hay que pagar para sentirnos seguros. Ese gasto llevado al presupuesto de un país supone decenas o cientos de miles de millones de euros en armas que tanto beneficia a la industria armamentística y a los especuladores de la Bolsa.
Nada es casual, porque aparte de esto, el miedo es el mejor antídoto contra la rebeldía y la lucha por nuestros derechos. Un pueblo con miedo es un pueblo sumiso.
Este miedo es también el que desde hace tiempo se nos está inoculando a las personas a la hora de votar por unos partidos u otros. Buscamos aquel que nos hable más de seguridad física que de seguridad real. Aquel que propone más policía y menos bomberos. Aquel que nos ofrece en bandeja una cabeza de turco a quien señalar mientras por detrás degradan los servicios públicos… Pero siempre nos viene bien tener a alguien a quien culpar de nuestras miserias y errores y el sistema, que es muy listo, nos ofrece a esos culpables en bandeja.
Nunca la humanidad ha dispuesto de más medios de información y nunca ha estado más engañada e intoxicada por esa información que nos satura y nos paraliza de miedo. Esa que nos han convencido de que la protección que nos ofrece será la que nos salvará. Pero la realidad es tozuda y, si miramos bien, nos damos cuenta de que nada es como nos dicen. Y que quienes suponen un peligro para la humanidad son ellos. Pero, yo me pregunto: ¿Queremos mirar?
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