
Segunda parte de un militante en cada esquina, no un policía.
Un líder político ruso escribió el ensayo ¿Qué hacer? en 1902. En ese libro, aborda distintas propuestas para la organización y estrategia del proletariado. En 2026, en la asamblea anual de la Federación de Asociaciones Vecinales Al Zahara sobrevolaba esa pregunta.
Bellido va a gobernar hasta que se aburra, sin oposición real a nada de lo que haga el gobierno municipal y habiéndose fotografiado con casi todos los líderes vecinales de la ciudad estrechándose la mano. El tío más popular no puede ser. La cuestión es que mientras va a por la tercera legislatura, se ha cargado el presupuesto en solidaridad, la oficina de vivienda que se ocupaba de los problemas habitacionales de la ciudad ha sido sustituida por una oficina de propaganda antiokupa que no recibe ninguna denuncia, Vimcorsa es una sala de exposiciones, los apartamentos turísticos se han quintuplicado mientras ya casi no quedan vecinos en el casco histórico de la ciudad, además de desmantelar las redes de participación que quedaban, ahogando las subvenciones a las asociaciones y colectivos e ignorando a las asociaciones vecinales, no reuniéndose en la mayoría de casos con ellas pese a ser declaradas de utilidad pública.
Mientras todo esto sucede, la mayoría de las asociaciones vecinales, que deberíamos realizar la labor de oposición ciudadana a las instituciones siendo críticos contra una situación que se come los vecindarios populares por los pies. Pero después de las mencionadas fotos, no conseguimos conectar con nuestros vecinos costando mucho sentirse en sintonía en un mundo que no se parece en nada al que nos dio un gran protagonismo político. Hemos quedado relegadas a un papel de realizar actos de convivencia vecinal: peroles, verbenas, carnavales que sirven de photocall al gobierno municipal. Esta situación ha contribuido a la simplificación de nuestras consignas, que, en algunos casos, como la seguridad o la criminalización de la pobreza, tienen marcos de extrema derecha.
Hace unos meses, en una reunión del Consejo de Distrito Norte, proponíamos a Miguel Ángel Torrico, concejal de vivienda y gerente de Vimcorsa declarar Valdeolleros zona tensionada. Poníamos datos de alquileres, datos de renta en el barrio, experiencias personales y propuestas de cómo hacerlo posible. Su reacción a la propuesta de debate fue: “¡Yo creo que esta no es conversación para un Consejo de Distrito! Creo que venimos a hablar de otras cosas” haciendo referencia a obras y acerados, porque ahí es donde se sienten cómodos y nos han arrinconado.
En los 80, la falta de infraestructuras básicas como acerados, luminarias, edificios como escuelas, institutos, centro de salud o salas de barrio hacía que estuviera claro el camino a seguir, hacía falta montar el estado del bienestar y eran cuestiones tan básicas y tan razonables que se convirtieron por ende en movilizadoras y posteriormente en “ganadoras”. Existía un trabajo de calle, se pegaban carteles, se hacían mesas en plena repartiendo hojillas que mantenían al barrio en pie de guerra, reuniones con otros colectivos que acababan en coordinadoras. Esa época concluyó, y el asfalto de una calle, el adoquín de la acera o repintar los pasos de peatones no involucran al vecindario, porque el ayuntamiento, más tarde o más temprano, lo acaba arreglando por sí mismo. Y eso nos lleva a la pregunta que rondaba la asamblea ¿qué hacer?
Si bien el sindicato ha sido el elemento vertebrador de las luchas de los trabajadores por conseguir más derechos, dándole un protagonismo y reconocimiento político, las asociaciones vecinales podríamos escoger ese punto de partida, que fue lo que dio origen a las mismas, para hacer que los vecinos tengamos, al igual que existe un derecho al trabajo, un derecho a la ciudad, y con él, la cultura de pensar y decidir cómo queremos que sea nuestra ciudad, que fue lo que pasó en el momento fundacional de las mismas. Decidir y pensar qué hacía falta, que no nos conformábamos con lo que se había planeado para el vecindario y que teníamos algo que decir porque vivíamos allí y no queríamos hacerlo de cualquier manera. Porque al igual que sin trabajadores no hay empresa, sin vecinos no hay ciudad. Ese debería ser el espíritu que debemos recuperar.
Siguen existiendo batallas que librar, y derechos como digo, que expandir. Los barrios no son un producto inmobiliario, sino un proyecto de vida colectiva. Que nuestras plazas no son mercancía para la hostelería y nuestras casas no son un activo financiero, sino el refugio para nuestras vidas. Que los barrios se piensan desde dentro, y que la participación vecinal no consiste en ser escuchados de forma estética por el ayuntamiento de cara a la prensa para luego ser engañados o chantajeados entre miseria o las migajas que dan, sino en ser sujetos políticos con capacidad de decisión.
Porque hay muchas motivaciones para pasar a la ofensiva. Los barrios de Córdoba son de los lugares más afectados por el cambio climático (que se lo digan a los de la orilla del río) siendo una ciudad muy hostil en verano, es sorprendente la ausencia de refugios climáticos y clama al cielo que solo existan dos piscinas públicas. Nuestra temperatura media ha subido casi dos grados, siendo un problema para el descanso desde junio hasta septiembre por la cantidad de noches tórridas que hay, por encima de los 26 grados. ¡No tenemos donde meternos! Hay que defender nuestros centros de salud porque nos va la vida en ello. No tenemos suficientes parques infantiles. Nos cierran los colegios públicos. Y la gran cuestión que sigue siendo la vivienda ¿se van nuestros vecinos a otros lugares? ¿esos otros lugares tienen vivienda de calidad? ¿vivimos bien en nuestro barrio? ¿hemos destrozado nuestros locales comerciales por dos bajos sin luz y sin ventilación cruzada sin unos mínimos de habitabilidad? ¿Podemos llamar a eso, a un piso dividido en dos o a vivir en una habitación, vida digna?
Reivindicar el derecho a la ciudad ¡y disputarla! es romper la lógica que nos empuja a ser consumidores pasivos de la ciudad sobre el que otros deciden. Es recuperar la calle como bien común, donde los vecinos se organizan, se apoyan, luchan y acaban ganando. Y cuando lo hacemos, estamos ejerciendo el asociacionismo vecinal, decidir sobre el lugar donde vivimos y cómo queremos vivir. Ese es el verdadero derecho a la ciudad. Y no debemos renunciar a él.
Lenin escribió ¿Qué hacer? en 1902. Y el tío, fue y lo hizo.
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