
Cuando era pequeña, alguna vez escuchaba en la radio o en la tele, noticias sobre lo que estaba ocurriendo. No era fácil, porque protegernos era no dejarnos saber nada de lo que pasaba, de todo aquello que era “malo”. Aun así, pude saber de algún atentado de ETA, algo relacionado con la inestabilidad política, el golpe de estado del 23F. Esas noticias me hacían sentir por una parte curiosidad, quizás porque no nos dejaban verlo y, por otro lado, sentía una profunda seguridad de que a mí nada malo podía pasarme. Con mi familia estaba a salvo de todo aquello.
Ahora, sin embargo, tenemos acceso continuo a la información y dudamos constantemente de si lo que escuchamos es cierto. Las noticias están en todas partes y lo que antes parecía lejano se siente cada vez más cerca. Las guerras ocupan titulares todos los días, decisiones políticas tomadas por líderes indeseables han contribuido a tensar aún más el mundo, y hay lugares donde la vida cotidiana se ha convertido en pura supervivencia. Pienso en Palestina, en Cuba, en tantos rincones donde las familias viven con miedo, con incertidumbre, con la angustia de no saber qué pasará mañana.
Ya no tengo esa sensación de seguridad de la infancia. En estos momentos siento una mezcla de preocupación, impotencia y tristeza. Porque sé que todo eso que ocurre no está tan lejos, que forma parte del mismo mundo en el que vivo, y que, de algún modo, nos atraviesa a todas y todos.
Miedo, inseguridad, desigualdad, acoso, violencia machista, injusticia social, degradación imparable del medio ambiente. No son solo palabras sueltas ni una forma exagerada de mirar el presente, sino síntomas de un malestar profundo. Los avances conviven con retrocesos dolorosos, pérdida de derechos mientras crecen los discursos de odio, la desinformación y las distintas formas de violencia. No se trata de caer en el derrotismo ni de pensar que todo está perdido, pero sí de reconocer que hay motivos reales para la preocupación. Sentirse inquieta, cansada o incluso desbordada no es una debilidad individual, sino una reacción comprensible ante un contexto marcado por la incertidumbre, la polarización y el sufrimiento de tantas personas. Mirar de frente esta realidad, con análisis serio y sentido crítico, quizás sea también una forma de no rendirse.
Desde ahí, quienes trabajamos en lo social seguimos apostando con fuerza por la educación como una herramienta fundamental de transformación. Una educación que promueva el pensamiento crítico, la empatía y la conciencia colectiva. Y junto a ella, la psicología y una buena gestión emocional como base imprescindible para formar personas capaces de comprender lo que sienten, de relacionarse de manera sana y de actuar frente a la injusticia sin quedar paralizadas por el miedo o la frustración. Porque quizás ahí, en ese equilibrio entre conocimiento, conciencia y emoción, es donde empieza la posibilidad real de cambiar las cosas.
Os dejamos el texto también en formato audio:






