
El otro día, rebuscando en los cajones, di con una foto antigua donde aparecía yo hecho un renacuajo, junto a mi padre. Reviví el momento de aquella instantánea, y en seguida pensé: qué pronto pasa el tiempo… Cuando vives el momento, cuando van pasando los días como ese arroyo que no para de correr, cuando estás en tus cosas y siempre con líos, frentes abiertos y trincheras que defender, el tiempo pasa y no reparas en lo realmente importante.
Y el día menos esperado, la vida te da una hostia de realidad, la vorágine en la que estás inmerso debes frenarla en seco y bajarte de ese caballo alado que todo lo engulle, para dedicarle un tiempo precioso a tu familia que antes apenas le dedicabas, bajo la excusa de «no tengo tiempo». Porque te das cuenta de que mañana puede ser demasiado tarde, y ese ictus que llama a la puerta de tu ser querido es sólo un aviso, recapacitas, reordenas, y priorizas.
Y das gracias a la vida por dejarlo contigo, y decides aprovechar todo el tiempo que puedas a su lado, у compartes charlas, risas, recuerdos, opiniones y alguna que otra copita de Montilla-Moriles. Y hablamos de fútbol, de política, del tiempo. Del otro tiempo, de si va a llover o va a hacer calor… Aunque mi cabeza, de ese tiempo para acá, piensa en aprovechar el tiempo, el material, el que me quede disfrutar a su lado. Dedicado a nuestros mayores, y a quienes los cuidan…
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