
En estos tiempos tan convulsos, resulta difícil substraerse a la actualidad, al minuto y hora, a lo que los medios de comunicación puedan (o quieran) contar, ya sea en las pantallas del anticuado televisor o en esas ventanas pequeñitas y diabólicas, llamadas móviles, que nos mantienen con la nariz pegada a su cristal líquido. El mundo parece que, una vez más a lo largo de su historia, vaya a explotar, cargado como está de odio, resentimiento, injusticia, desesperación y barbarie. Su vómito nos va a alcanzar a todos, sin remedio, como la lava de un volcán cubriendo y arrasando todo a su paso.
Somos muchos los que nos preocupamos por los daños humanitarios de esta deriva psicópata en la que un buen puñado de mandatarios pirados nos tienen inmersos. Pero también son muchos los que muestran una actitud pasiva y conformista ante el desarrollo de los acontecimientos, como si estuviesen, ya sin remedio, anestesiados o como si su capacidad de empatizar con el dolor de los demás, sobro todo cuando éstos están a miles de kilómetros, se hubiese disipado… o quizás nunca existió.
No sé si os pasa a vosotros también, pero este panorama tan desolador me crea una frustración enorme, porque los únicos medios a mi alcance, como simple ciudadana, pasan por protestar en manifestaciones, siempre con la desazón de que somos cuatro gatos y poco se va a conseguir, y entregar mi voto a opciones que considero que van en contra de esta forma de ver la vida y, por ende, la política o viceversa, si queréis, ya que lo uno no es nada sin lo otro.
Sé que no estoy pintando con mis palabras un panorama amable, no estamos viviendo hoy en día en un mundo cuya posible descripción sea “amable”. De hecho, jamás ha existido un periodo histórico sin guerras, injusticias, desigualdades sociales, odio entre razas y un larguísimo y aterrador etcétera.
Sin embargo, no querría terminar este artículo de opinión, sin romper una lanza en pos de que procuremos hacer amables nuestras vidas, que observemos, amemos, cuidemos a los que nos rodean, que cada día nos propongamos sonreir al vecino, tener palabras y gestos dulces para con los demás, ayudemos, dentro de nuestras posibilidades, a quienes necesiten de un apoyo emocional, económico también, claro que sí, disfrutemos de nuestras amistades, de nuestros familiares, recordándoles lo mucho que los queremos. En definitiva, procuremos mantener la llama de la solidaridad y la empatía viva, fuerte, sin fisuras. Hagamos entender, a los que sólo piensan en el beneficio económico que la guerra y la muerte aporta, porque de eso se trata esta broma infinita, que no van a poder robarnos nuestra capacidad de remontar tanta mezquindad y tanto absurdo.
Os dejamos aquí el artículo en formato audio:






