El rugido de los tambores de guerra no es un fenómeno aislado, sino el síntoma más feroz de una espiral de violencia global que se alimenta de discursos de odio y el auge de la extrema derecha.
Hoy, el escenario internacional se ha convertido en un tablero donde la ley del más fuerte pisotea el derecho internacional, desde el genocidio en Palestina hasta los conflictos neocoloniales en África y Oriente Próximo y la invasión de Ucrania. Pero la guerra no solo destruye los países donde caen las bombas; destruye también el tejido de nuestras propias sociedades, priorizando el gasto militar sobre los servicios públicos y la emergencia climática.
Resulta hipócrita que Europa, atada de manos por su dependencia energética y militar, mantenga una «vergonzosa complicidad» ante las masacres mientras blinda sus fronteras contra las víctimas de esas mismas políticas.
Y no podemos hablar de paz sin hablar de quienes huyen de la falta de ella. Las guerras y las intervenciones neocoloniales son el motor principal de los flujos migratorios actuales. La guerra se extiende no solo como método de resolución de conflictos, sino como una política de persecución de las personas migrantes. Resulta hipócrita que Europa, atada de manos por su dependencia energética y militar, mantenga una «vergonzosa complicidad» ante las masacres mientras blinda sus fronteras contra las víctimas de esas mismas políticas.
El manifiesto «No a la Guerra» de Córdoba es claro: rechazar la guerra es defender los derechos humanos y la convivencia. En este contexto, la regularización de las personas inmigrantes no es un acto de caridad, sino un imperativo de justicia social. Si aceptamos la militarización de nuestras economías, estamos aceptando indirectamente el desplazamiento forzado de miles de seres humanos. Garantizar derechos laborales y sociales —como la vivienda y la sanidad pública— debe ser la prioridad frente al rearme.
Las guerras golpean con saña los cuerpos de las mujeres, convirtiéndolos en campos de batalla.
Además, la mirada hacia este conflicto debe ser necesariamente feminista. Las guerras golpean con saña los cuerpos de las mujeres, convirtiéndolos en campos de batalla. Defender la paz es defender un modelo que ponga el sostenimiento de la vida y los cuidados en el centro. Del mismo modo, no habrá paz duradera mientras dependamos de combustibles fósiles que financian regímenes autoritarios y alimentan la crisis ecológica.
«Decir No a la Guerra es priorizar el fortalecimiento de los servicios públicos, garantizar la eliminación de la pobreza y mejorar los derechos laborales y sociales».
Es momento de afirmar que la verdadera seguridad no se encuentra en las armas, sino en la justicia social, la soberanía alimentaria y la acogida digna de quienes la guerra ha expulsado de sus hogares.






