
En este blog de Gente que opina ya se ha hablado mucho de imperialismo. Pero nos falta hablar de hasta qué punto hemos normalizado el imperialismo lingüístico.
El famoso vídeo de Caso Cerrado (que aquí os dejo por si no habéis tenido la suerte de verlo) es solo una forma cómica de acercarnos a este conflicto. La doctora Ana María Polo, a quien entonces le deberían haber dado un sillón en la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), afea a una de las participantes de su programa que se esté mofando de otros por no hablar en inglés. Siendo ella colombiana, ¡para más inri!
Hablar inglés, convertido muchas veces en marcador de estatus social, se nos impone en todas partes y lo asumimos de forma acrítica. Igual que asumimos expresiones como red flag, crush y otros muchos extranjerismos cuyo contenido cultural incorporamos sin cuestionarlo cuando los sustituimos por lo que diríamos en nuestra lengua materna. No vengo a decir que todos los préstamos lingüísticos sean innecesarios. Pero si alguien me propone tomarnos un coffee, lo mando a la mierda, sinceramente.
Para quien ya esté entornando los ojos en plan quinceañero y pensando «puf, vaya chapa, déjame hablar como quiera, solo quiero comunicarme», le diré lo siguiente: La lengua no sirve sólo para comunicarnos. Dejemos de asumir esta premisa. Si esto fuese así ya hablaríamos todos un solo idioma. Pero no lo hacemos porque las lenguas organizan nuestro pensamiento complejo a través de significados culturales y nos definen como grupo, nos diferencian de los otros.
Que todas estas palabras que surgen y se difunden por redes sociales sean en inglés no es una casualidad. El inglés es una lengua dominante e imperialista, como también lo fue – y lo sigue siendo – el español, el castellano que se impone en su forma estándar y “¿normal?” sobre otros dialectos y formas de hablarlo. Andalucía sabe bastante de esto. Y lo mismo sucede con el resto de lenguas del Estado, que se ven marginadas y pisoteadas siempre «por el bien de la comunicación», privando a millones de hablantes de comunicarse en su lengua materna e ignorando sus derechos lingüísticos.
Ahora bien, a veces esa supuesta prioridad de la comunicación desaparece. Por ejemplo, cuando aceptamos los programas bilingües en las escuelas, aquellos que normalmente priorizan tener un certificado en inglés a una buena metodología de enseñanza, o a la calidad de los contenidos de las materias. Y es aquí donde el discurso cambia y la hegemonía lingüística se disfraza: hay que priorizar el inglés porque es global, porque mejora la empleabilidad, porque abre puertas… Un repertorio de argumentos que legitima su expansión constante en la educación, en la producción científica o en aquello que se considera cultura de prestigio o más elevada socialmente.
A estas alturas, pocas sorpresas quedan. Los países angloparlantes, y en particular Estados Unidos, concentran poder económico y político. Y la lengua es política. La realidad político-económica condiciona la realidad lingüística. Si queremos oponernos al imperialismo, también hay que hacerlo en el terreno del lenguaje, reivindicando el valor de nuestro léxico. Sin silencio para los pueblos ni para sus palabras.
Aquí os dejamos el enlace al audio del artículo:






