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Hoy en el blog Gente que opina, Miguel Santiago Losada reflexiona sobre las elecciones andaluzas del pasado 17 de mayo y se centra en una pregunta: ¿podemos hablar de un nuevo ciclo político andalucista?

18 junio, 2026

Redacción
Miguel Santiago Losada. Profesor y escritor.

En los últimos años se percibe un resurgir del orgullo andaluz. Cada vez son más quienes reivindican su identidad histórica y cultural frente a la imagen caricaturesca y folclorizada que durante décadas se ha proyectado sobre Andalucía. Crece así la voluntad de mirarse desde la propia dignidad colectiva, alejándose de tópicos y estereotipos y reivindicando una mirada propia.

Las elecciones andaluzas del pasado 17 de mayo dejaron múltiples lecturas. Pero, como andaluz y andalucista, me interesa especialmente el crecimiento de Adelante Andalucía y el regreso al Parlamento andaluz de una representación significativa del voto soberanista andaluz.

La identidad de un pueblo no surge de la nada. Se transmite de generación en generación a través de la lengua, las costumbres, la memoria compartida y las formas cotidianas de entender la vida. Es esa herencia colectiva la que configura una manera particular de estar en el mundo y de reconocerse en un territorio común: la matria andaluza.

Hacía décadas que el andalucismo político no obtenía unos resultados semejantes. Tanto tiempo ha pasado que buena parte de los medios de comunicación y de la opinión pública parecen haber olvidado que Andalucía es una nacionalidad histórica, tal y como recoge el preámbulo del Estatuto de Autonomía aprobado en 2007.

Andalucía no es únicamente una región administrativa ni una comunidad autónoma más. Para una parte importante de la sociedad andaluza constituye una realidad nacional con identidad, cultura e intereses propios. Así lo expresó el pueblo andaluz el 4 de diciembre de 1977, cuando más de un millón y medio de personas salieron a las calles reclamando una autonomía plena. Una voluntad política que encontraría su ratificación en el referéndum del 28 de febrero de 1980.

Durante años, Andalucía contó con un espacio político andalucista con presencia institucional relevante. Hubo representación propia en el Congreso de los Diputados, una presencia destacada en el Parlamento andaluz y alcaldías en numerosos municipios. Incluso el Parlamento de Cataluña llegó a contar con representantes andalucistas.

Sin embargo, el paso del tiempo y las dinámicas políticas de las últimas décadas fueron debilitando aquella conciencia nacional. La ausencia de un currículo educativo que incorporara de manera decidida la historia y la cultura andaluzas; una radiotelevisión pública incapaz de consolidar una mirada propia sobre Andalucía; y la falta de grandes medios de comunicación hechos desde Andalucía y para Andalucía contribuyeron a diluir aquel impulso soberanista que había marcado los años de la Transición.

Pero la raíz seguía viva. Tras dos siglos de historia andalucista, con expresiones y etapas diversas, comenzó a emerger un nuevo ciclo. Como había ocurrido en momentos anteriores, el renacimiento político vino precedido por un movimiento cultural que actuó como motor ideológico y social. La música, el cine, las artes escénicas, el flamenco o la literatura empezaron a ofrecer nuevas formas de narrar Andalucía desde Andalucía. A ello se sumó la conexión de buena parte del feminismo y del ecologismo con la realidad social y territorial andaluza.

Se trata de un andalucismo que, por las características históricas y sociales de Andalucía, se sitúa mayoritariamente en el espacio de la izquierda. Una singularidad que ya discernió Blas Infante hace más de un siglo. El Padre de la Patria Andaluza logró integrar distintas corrientes del andalucismo en un mismo proyecto. Recuperó la tradición cultural andaluza heredada del siglo XIX, la vinculó al federalismo republicano y la dotó de un fuerte contenido social, especialmente en relación con el problema histórico de la tierra y las desigualdades que marcaban la sociedad andaluza. Frente a las visiones externas que reducían Andalucía al folclore o a la marginalidad, reivindicó una nación con historia, cultura y capacidad para protagonizar su propio destino.

Infante era consciente de las limitaciones de la representación política andaluza en Madrid. En el primer bienio de la Segunda República, la mayoría de los 89 diputados andaluces ignoró el cuestionario enviado para impulsar un proyecto de autonomía semejante al que Cataluña obtendría en 1932. Sin embargo, encontró una respuesta muy distinta en el ámbito municipal. Los ayuntamientos andaluces apoyaron mayoritariamente el proceso autonomista que desembocaría en la elaboración del Anteproyecto de Bases para el Estatuto de Andalucía de 1933. Una lección que sigue conservando plena actualidad: los grandes avances andaluces han surgido históricamente desde abajo.

En 1978, Antonio Gala reclamaba pensar Andalucía “desde aquí mismo”. Las nuevas generaciones continúan hoy esa tarea al cantar, escribir y reinterpretar Andalucía desde una mirada propia. Por eso, más de 400.000 votos no son un dato menor. Tampoco lo son ocho representantes en el Parlamento andaluz, distribuidos en seis de las ocho provincias andaluzas. Son la constatación de que existe un espacio político andalucista vivo, con capacidad de crecimiento y arraigo social.

Un espacio que comparte con otras fuerzas progresistas la defensa de los servicios públicos, el derecho a la vivienda o la construcción de una sociedad más justa. Pero que incorpora un elemento diferencial: la convicción de que las principales decisiones que afectan a Andalucía deben tomarse desde Andalucía y en función de los intereses del pueblo andaluz.

Porque lo que vuelve a abrirse paso no es únicamente una opción electoral. Lo que reaparece es una aspiración histórica para que Andalucía tenga voz propia, conciencia de sí misma y capacidad política para decidir su futuro.

El desafío ahora consiste en convertir ese impulso en una fuerza social duradera. Extender la organización por comarcas, pueblos y barrios; fortalecer la participación democrática; y profundizar en el debate sobre la soberanía andaluza y las causas estructurales de la dependencia económica, política y cultural que sigue condicionando el desarrollo de Andalucía. Solo desde ese trabajo de fondo podrá consolidarse el nuevo ciclo político andalucista que comienza a vislumbrarse.

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