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Entre la guerra lejana y la vida del barrio

Hoy en el blog Gente que opina, Javier de la Rosa nos habla de la guerra vista desde el barrio. Con sus consecuencias y con su grito unánime: «No a la guerra».

28 abril, 2026

Redacción
Javier de la Rosa. Activista social.

Hay guerras que parecen de otro planeta. Se ven en la televisión, en titulares que pasan rápido entre el tiempo y el deporte, y se nombran con mapas que pocos sabrían ubicar. Oriente Próximo, Ucrania, Venezuela o Cuba son, para muchos vecinos, lugares lejanos donde siempre “está pasando algo”.

Pero en los barrios no caen bombas, y aun así, la guerra está.

Está en la factura de la luz que sube sin avisar, en la gasolina que cada semana aprieta un poco más y en el precio del pan, del aceite, de la vida: lo que ocurre lejos se cuela en casa sin pedir permiso, porque hoy las guerras no solo se libran con armas, sino también con la energía, los mercados y decisiones tomadas muy lejos que acaban afectando a lo más cercano: un barrio, una familia, una conversación en la calle.

En el barrio, sin embargo, la guerra no se analiza con términos técnicos ni discursos estratégicos. Se traduce en preguntas simples: “¿por qué se matan?”, “¿quién tiene la culpa?”, “¿quién las quiere?”, “¿y la gente de allí, cómo vive?”, “¿te imaginas que pasara aquí? ¿qué haríamos?”. No buscan respuestas exactas, sino una forma de acercar lo incomprensible a la vida de todos los días.

Lo que más conecta son las imágenes: familias huyendo, niños asustados, casas destruidas. Eso se entiende en cualquier calle.

En esas conversaciones también aparece una idea que se repite: que esas guerras no van solo de ideas ni de cultura, sino de dinero, poder e intereses que no se ven. Que las decisiones se toman desde arriba, muy lejos de la vida real, y que a quienes las toman les importa poco —o nada— la gente que vive allí. Muchos nombran a los que sienten que “mueven el mundo torcido”: Donald Trump, Volodímir Zelenski, Vladímir Putin, Ali Jameneí, Benjamín Netanyahu o Nicolás Maduro… personas que, desde despachos lejanos, alianzas internacionales o tensiones regionales, parecen influir en guerras, mercados y recursos mientras abajo la vida sigue su curso. Puede que sea una forma simple de verlo, pero señala algo que muchos sienten con fuerza: que quienes deciden no son los que sufren ni los que pagan las consecuencias.

En el barrio, esas consecuencias tienen forma concreta. Se traducen en apretarse el cinturón, en mirar más el precio que el producto, en apagar antes la calefacción, en pensar dos veces cada gasto. Cuando sube la energía, sube todo. Y cuando sube la vida, todo empieza a tambalearse. La guerra en Oriente Próximo, las tensiones en Europa o las crisis en América Latina empujan los precios de la energía y los alimentos, mientras la estabilidad se vuelve más frágil.

Pero no es solo economía.

También es ánimo.

Los mayores miran el mundo con una mezcla de cansancio y resignación. Han visto ya demasiado y sienten que todo vuelve: crisis, guerras, tensiones. Como si la historia no terminara nunca de aprender.

Los jóvenes, en cambio, viven entre la incredulidad y cierta distancia. No es que no les importe: es que han crecido en un mundo donde todo parece inestable. Crisis tras crisis. Promesas que no se cumplen. Y al final, la guerra se convierte en otra noticia más que se desliza en el móvil.

Y entre unos y otros, una sensación compartida: que el mundo va torcido.

Aun así, en el barrio surge algo casi instintivo. Sin discursos largos ni pancartas, aparece en frases simples y gestos cotidianos: “no a la guerra”. Se dice en voz baja, en una conversación cualquiera. Se dice cuando alguien comenta lo caro que está todo. Se dice cuando se piensa en los que están allí, y en cómo podría ser aquí.

La guerra se vuelve aún más cercana cuando tiene rostro: el vecino que vino de fuera, la tienda regentada por una familia extranjera, una historia contada en voz baja. Entonces deja de ser noticia y toca la puerta de al lado. La empatía aparece no por política, sino por humanidad.

Pero también hay contradicciones. Donde unos muestran solidaridad, otros repiten prejuicios. El barrio refleja todas las miradas: la compasiva, la indiferente, la desconfiada. Una forma de entender el mundo hecha más de intuición que de datos.

Y, sin darse cuenta, la gente del barrio empieza a hacerse preguntas sencillas pero importantes: ¿cómo nos afecta una guerra que pasa tan lejos? ¿Tenemos algo que ver con lo que ocurre allí? ¿Podemos entender realmente lo que viven quienes están en medio del conflicto?

En un mundo de información constante, el barrio ofrece algo distinto: una pausa. No es análisis experto, pero tampoco vacío. Es una manera de procesar lo global desde lo cercano, de traducir la complejidad a experiencias humanas que todos reconocen.

Porque, aunque las guerras se decidan en despachos lejanos, sus consecuencias hablan el lenguaje más simple: el de la vida cotidiana.

Y en el barrio, lo que importa no es ganar guerras.

Es poder vivir.

NO A LA GUERRA

Os dejamos el artículo en formato audio:

Radio y Realidad social
Redacción | 2026-04-26 10:09

Realidad social
Paradigma | 2026-04-23 07:00

Editorial del programa 260 y 28º de la temporada 25/26 de ¿Qué tal, cómo estamos?. La Guerra, tema central de la reflexión de esta semana.

Radio y Realidad social
Redacción | 2026-04-21 11:27

«Paradigma saludable» se emite en directo los martes a las 18’00 en el 90.2 de la FM

Realidad social
Redacción | 2026-04-21 09:00

Hoy en el blog Gente que opina, Valentín Priego nos habla de cómo el conflicto de clase social se disfraza de una falsa confrontación intergeneracional