
La lectura reciente de un libro sobre algunas de las mujeres que destacaron durante la II República, y la coincidencia de que mi artículo tenga como fecha de publicación el 14 de abril de 2026, año en el que se conmemora el centenario de la fundación del Lyceum Club Femenino, me ha sugerido hacer esta pequeña reflexión.
Vaya por delante que no soy académica, y por tanto la haré intentando enlazar de forma somera el mundo en el que se movían las mujeres de 1926 y el mío, desde mi experiencia feminista.
Es en torno al mes de marzo de 1926 cuando un grupo de mujeres que ya ocupan un lugar en el mundo cultural y social del país, (entre las que citaré a María de Maeztu, Isabel Oyárzabal, Victoria Kent, Zenobia Camprubí, Elena Fortún y María Lejárraga), se reúnen para dar forma a ese Club en el que disponer de un espacio propio, sin presencia masculina, para desarrollar plenamente sus capacidades.
Estaban en plena dictadura de Primo de Rivera, y ellas, como todas las mujeres españolas, legalmente seguían sometidas a la tutela masculina, a través de la licencia marital, para realizar actos jurídicos como firmar contratos, vender bienes propios, aceptar herencias o incluso trabajar en ciertos casos. Según el Código de Trabajo de 1926, el marido podía recurrir al juez municipal para oponerse a que su esposa recibiera su propio salario, alegando la necesidad del varón de gestionar el hogar.
La llegada de la Segunda República (1931-1936) supuso un cambio histórico, al reconocer a las mujeres como ciudadanas de pleno derecho. Se eliminó la subordinación jurídica al hombre, se consiguió el sufragio femenino en 1931, la aprobación del divorcio, el matrimonio civil, la igualdad de los hijos y la escolarización mixta para reducir las altas tasas de analfabetismo entre las mujeres.
Las fundadoras del Lyceum Club, y las mujeres en general, desplegaron sus capacidades en ese período, significándose en todos los ámbitos: cultural, artístico, literario, profesional y sindical, pues también hubo mujeres sindicalistas, como las hermanas Luz y Claudina García, grandes defensoras de los derechos laborales de las Trabajadoras de la Aguja.
Por primera vez, tres mujeres obtuvieron acta de diputadas: Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken.
Pero los derechos se fueron materializando muy lentamente, porque un sector importante de la sociedad oponía grandes resistencias a su consolidación. Y el golpe de estado que desencadenó la guerra civil e instauró la dictadura en el 39, trajo consigo la abolición de todos los derechos que habían posibilitado la participación de las mujeres en la vida Política, volvió a someterlas a la tutela masculina y al control moral de la Iglesia, forzando de nuevo su dedicación exclusiva al espacio doméstico. Se garantizaba así una de las bases de ese nuevo estado totalitario.
Esos derechos que costaron tanto sacrificio, esfuerzo y trabajo, desaparecieron de un día para otro. Y las mujeres que los disfrutaban fueron al exilio, o se silenciaron y soportaron de nuevo una vida de sometimiento.
Poco a poco las mujeres nos volvimos a organizar y el feminismo es ya muy potente en los años setenta, con presencia en Jornadas, en las calles y en la vida política. Y vamos consiguiendo de nuevo esos derechos perdidos, y otros muchos, que nos han permitido avanzar y afianzarlos al quedar reconocidos en nuestra legislación actual. Pero, ahora, de nuevo las fuerzas ultraconservadoras se sienten amenazadas porque creen que las mujeres hemos llegado demasiado lejos, y pretenden que volvamos al espacio privado, como sustentadoras de un único modelo de familia heteropatriarcal en la que sigamos ocupándonos de los cuidados sobre los que se sustenta la vida, de forma gratuita.
Pero eso ya no es posible. Los feminismos, diversos pero aliados, somos un muro infranqueable de resistencia. Y no. No vamos a permitir la pérdida de ninguno de esos derechos. Y seguiremos luchando para que las mujeres que aún no los tienen los consigan.
Porque nuestros derechos son DD HH.
Os dejamos aquí el artículo en formato audio:






