
Los enciclopedistas franceses del siglo XVIII tuvieron un sueño. Creyeron que la difusión del conocimiento haría a las personas más libres, más críticas y menos sometidas al imperio de las supersticiones y de la autoridad impuesta por la tradición. Por ello, se empeñaron en la colosal tarea de recopilar los saberes existentes en esa época en todas las materias: ciencias, artes, oficios y humanidades. Así dejarían de ser patrimonio exclusivo de las élites privilegiadas que disponían de acceso a los libros o de los sabios que investigaban la verdad y la transmitían en círculos muy restringidos. Democratizar el conocimiento para una nueva sociedad en que la razón triunfara sobre el fanatismo, los prejuicios y la ceguera irracional.
Casi tres siglos después, el conocimiento de nuestra biología y del mundo que nos rodea se han desarrollado y se siguen desarrollando de una forma exponencial. Desde las más ínfimas partículas que componen los átomos hasta las cada vez más lejanas estructuras del Universo, el saber humano se amplía de forma vertiginosa y las tecnologías de la información contribuyen a su difusión casi simultánea. El acceso a la información científicamente contrastada no es ya un obstáculo para nadie.
Por eso, resulta sorprendente que haya aún tantísimas personas en este nuestro mundo superdesarrollado que acogen y difunden con absoluta convicción creencias que, no solo carecen de ningún tipo de evidencia objetiva, sino que resultan absurdas e incomprensibles, al menos para una mente como la mía, disciplinada en el racionalismo. En recientes estudios sociológicos, más de la mitad de los españoles reconocen ser supersticiosos y, por si fuera poco, se observa una tendencia creciente entre la población más joven. Una encuesta a jóvenes de 15 a 29 años reveló que el 60 % de ellos creían en el karma, 49 % en la reencarnación, 44 % en las artes mágicas, 40 % en las energías curativas y 37 % en la predicción del futuro. Los brujos, gurús y adivinos que hace miles de años invocaban a los espíritus junto a la hoguera, ahora lo hacen a través de las pantallas del televisor o de internet pero, en esencia, la credulidad sigue siendo la misma. Cuando vemos a las gentes disputando quién soportará sobre sus hombros la imagen de una virgen o un santo, o quién puede acercarse a tocar su manto, imaginando que ello le reportará algún tipo de beneficio, ya no estamos hablando de seguir una doctrina religiosa u otra, sino que nos adentramos en el campo puro y duro de la superstición. Por no hablar de la difusión de las teorías terraplanistas, las invasiones extraterrestres y demás fantasías que trascienden la literatura y el cine para convertirse en credo de personas de todo el mundo.
Así que no parece que el sueño de los voluntariosos ilustrados se haya hecho realidad, ni tiene pinta de hacerse. Quizás porque, a pesar de toda la información y conocimiento que tenemos a nuestro alcance, sigamos necesitando una dosis de magia para añadir a esta vida que, en tantas ocasiones, se nos antoja bastante prosaica. O también, porque siempre hay alguien interesado en no correr el riesgo de que haya demasiadas personas que razonen, critiquen y piensen libremente.
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