Ya es bastante el dolor sin límites, la angustia y la desesperanza infinita que provoca seguir asistiendo, una y otra vez, y otra más a los asesinatos de mujeres a manos de hombres viles y cobardes que no sabiendo qué hacer con sus vidas, disponen de las vidas de las mujeres y, una y otra vez no sepamos más que ser espectadores de un acto que, por más solidaridad que nos inspire, acaba convirtiéndose en sólo eso, un acto más de condena social y, ¿qué más?.
El 13 de abril, Tulia vino a sumar ser la víctima 32 de mujeres asesinadas por hombres sólo en Córdoba desde que se tienen registros.
Dolor y rabia. ¡qué menos!. No seríamos humanos si quedáramos impasibles.
Por eso, todavía más estupefactos quedamos después de saber que a esa furia mostrada por la vecindad sólo le corresponda que a la policía, con frialdad y cálculo medido, se le permita acudir a ese perturbador escenario para, cobardemente, sancionar a tres personas por el gesto social de rabia y repudio desatado contra lo que esta sociedad no sabe cómo actuar salvo para lamentarse de esa herida eterna que nos queda. ¡Sólo a tres!. ¿Y por qué no a 13, o 23, o a 33…, por qué?.
La “Ley Mordaza” de Mariano Rajoy, 11 años después de su publicación y tras dos legislaturas de gobiernos de izquierda, la más izquierda del mundo civilizado, sigue sirviendo no como invoca su nombre, para proteger la seguridad de la ciudadanía sino para amordazarla y asustarla.
Aunque la pregunta central sería, ¿por qué hace eso la policía?. Y la única respuesta que nos cabe es porque puede. No hay más. En algún lugar, seguramente oscuro y protegido, un alguien dispone de una ley que le permite humillar ese gesto de rabia y tratar a esas tres personas de delincuentes. Y así llegamos al fondo de la cuestión: si hay quien puede es porque la Ley Mordaza sigue vigente.
En recuerdo de Émile Zola y su carta “yo acuso”, que pagó con el exilio su osadía de denunciar la infamia hace 125 años, la Ley Orgánica 4/2015 de Protección de la Seguridad Ciudadana, o “Ley Mordaza” de Mariano Rajoy, 11 años después de su publicación y tras dos legislaturas de gobiernos de izquierda, la más izquierda del mundo civilizado, sigue sirviendo no como invoca su nombre, para proteger la seguridad de la ciudadanía sino para amordazarla y asustarla. Hoy, este país sigue asistiendo a la arbitrariedad de que policías camuflados censuren con multas a una ciudadanía que no sabe declarar más que con gritos angustiosos su desazón ante lo que antes de existir esa ley se consideraba como gesto público de repulsa e indignación.
Por eso, más que acusar, lamento que el gobierno más progresista, como se hace llamar, compuesto por el partido socialista y quienes conforman el movimiento sumar (Izquierda Unida, Más Madrid, Los Comunes, Compromís, la Chunta, Nueva Canarias, Proyecto Drago y hasta 2023, Podemos), no hayan sabido como mandar a las cloacas un instrumento que tan útil les está resultando a esos que, ellos sí, se protegen en lugares oscuros y resguardados.
A este mandato sólo le queda una copla. ¿Serán capaces de tener el honor (supuesto) y la vergüenza de acabar con esta ley infame?.
A este mandato sólo le queda una copla. ¿Serán capaces de tener el honor (supuesto) y la vergüenza de acabar con esta ley infame?. Tendrían que haberla retirado el mismo día en que Sánchez tomó la 1ª decisión tras llegar a la Moncloa que, como detalló en su libro “Manual de resistencia”, fue la de cambiar el colchón de su cama de la Moncloa.
Todavía podrían, si quisieran. Derogar una mala ley que se ha convertido en un instrumento contra la libertad de expresión propia de una democracia que permite disentir como ejercicio de pluralidad. Pero, hasta tanto, ¡cuidado con quien te mira, te hace una foto o te pregunta. ¡Porque 601 € podría ser la papeleta que te pueda tocar!.






