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¿De qué color es el verbo ser?

Hoy en el blog Gente que opina, Esther Cortés nos habla del artículo de opinión de Rajoy sobre la selección masculina de fútbol de Francia.

16 julio, 2026

Redacción
Esther Cortés Bueno

Me pregunto si a Mariano Rajoy lo asesora un grupo de expertos de esos que establecen un plan estratégicamente diseñado o, como anda medio retirado, confía en su confesor o, aún más triste, en su precario instinto. Si la opción correcta es esta última y yo tuviera medios e interés (y no tengo ni una cosa ni la otra), trataría de hacerle ver que su mayor enemigo lo tiene en sí mismo. ¿Quién le habrá convencido de que la sinceridad nunca falla?

En mi opinión, Rajoy conocía muy bien el valor de lo que estaba escribiendo, no se ha descubierto accidentalmente ante todos nosotros, no es ningún ingenuo despistado. El error ha estado, tal vez, en no haber sopesado con acierto la repercusión. De todas formas, visto el rechazo que han generado sus palabras racistas, podemos celebrar que todavía la opinión pública no comparte el ideario fascista. ¿Por qué, señor Rajoy, esas prisas en quitarse la máscara? ¿No será su manera de rendir pleitesía a la ultraderecha?

Dándole vueltas al asunto, he llegado a pensar que su partido lo ha lanzado a modo de globo sonda: tú ladra a ver qué pasa, así averiguamos cuántas barbaridades más podemos confesar, sin miedo a perder votos. Aunque tal vez sea más oportuno un símil de tipo militar: el que fuera secretario general del PP y presidente del gobierno español habría actuado como vanguardia abriendo paso en este campo de batalla en el que están convirtiendo el terreno político. Su función sería la de observar la reacción del enemigo y preparar el ataque. En definitiva, formaría parte de una estrategia bien o mal orquestada, aún es pronto para evaluar su efectividad.

El problema no es baladí, no se trata únicamente de un comentario racista, que no sería poca cosa. Sus palabras delatan disconformidad con la legalidad vigente tanto en Francia como en España. En ambos países, ser francés o ser español está ligado a la nacionalidad, que te otorga derechos y obligaciones como ciudadano, y que, en ningún caso, pues hablamos de dos países democráticos, se determina por el color de la piel ni por la religión. Según el Código Civil francés, la nacionalidad se posee por derecho de sangre (cuando al menos uno de los progenitores es del país), de suelo (haber nacido en el país francés, sean de donde sean los progenitores) o por adquisición (aquí hay más variables, que si por adopción, por naturalización, por matrimonio y otros casos). Nuestro Código Civil alberga una casuística más extensa, pero con la misma filosofía de base: no hay criterios raciales, ideológicos ni religiosos. ¿En qué pensaba Rajoy cuando hizo su juramento ante la Constitución española? ¿En papel mojado?

Estos debates, que deberían formar parte del pasado de nuestros países, me traen siempre cuestiones más allá de la legalidad. ¿Qué es ser español?  Español es un adjetivo que puede llegar a ser muy virulento, tóxico, diríamos hoy, según en qué mente habite y qué boca lo deje volar. ¿Qué es ser español, o andaluz, o cordobés, o riojano, ucraniano, palestino, francés? Centrémonos solo en España y sus españoles: ¿Cuándo alguien se considera a sí mismo español? ¿Cuándo ese mismo alguien es considerado español por los otros? Por lo que vamos viendo, para algunos no es solo cosa de nacionalidad, sino de ser español de toda la vida. Y yo me pregunto que a cuándo se remontará ese “toda la vida”.

Nadie sabe por qué un Smith es español de toda la vida desde la primera generación y un Yamal ni se sabe cuántas generaciones necesitaría para ser “de toda la vida”. En realidad, este “de toda la vida” combina mejor con el verbo parecer que con el verbo ser. Imaginemos tres jóvenes de 30 años, con trabajo y sueldo digno que les permite vivir emancipados de sus padres. Uno de orígenes franceses, otro guineanos y el tercero peruano. Estoy casi segura de que el primero, el de ascendencia gala, habrá olvidado aquel ancestro —excepto que se trate de un antepasado de largo apellido— o, en todo caso, nadie pondrá en duda su naturaleza española. Sin embargo, los otros dos, con abuelos guineano uno, otro peruano, con alta probabilidad, seguirán siendo el guineano-andaluz o el peruano-catalán para toda la vida. Sus rasgos físicos y color de piel exigirán más tiempo para la integración, ¿hasta que el verbo ser llegue al blanco? La coletilla de “de toda la vida” no designa orígenes españoles ancestrales; se refiere, por el contrario, a parecerlo a los ojos de esos zoquetes que, carentes de otras valías, se agarran a un árbol genealógico de inamovibles raíces. 

Cuando Rajoy pontificaba sobre la selección francesa con aquella máxima de «Tiene un altísimo nivel, eso sí, sin franceses», ¿hablaba de todos ellos? ¿Théo y Lucas Hernández son más franceses o menos que Marcus Thuram, Mbappé, Mike Maignan, Michael Olise?

A estos señores que buscan nuevos caminos para definir la españolidad, les regalo esta propuesta: ¿por qué no considerar español a todo aquel que pague sus impuestos en España teniendo en cuenta su contribución al bienestar de la nación? El artículo de Rajoy ha sido un paso al frente, para medir la firmeza del terreno —territorio— y decidir la táctica con la que llevarnos de nuevo al abismo. Ah, y respondiendo a la pregunta del título ¿de qué color es el verbo ser?, el verbo ser no tiene color.

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