
Dirigido a todos aquellos estudiantes que tuvieron que aceptar el plan B:
Desde pequeños nos apuntamos a la escuela, y nos enseñan que este es el camino para poder lograr tus sueños, para llegar a ser quien quieras ser. Evidentemente, todo ello exigiendo mucho esfuerzo y dedicación.
La diferencia es una y es grande. De críos, el esfuerzo es una curiosidad, una tarea que completar y un dibujo que pintar. No tiene encima el peso de la preocupación del futuro, sino el peso de un castigo sin ir al parque o un día sin la tablet. Todavía no somos conscientes de que el empeño que le dedicamos a los estudios es tan importante. El futuro todavía no existe en nuestra cabeza.
En la adolescencia, a medida que creces, te das cuenta de que cada vez te acercas más a la meta. Por ende, intentas llevar un ritmo constante que te permita ganar la carrera. Otro año más, y estás ya casi en la meta. Estás exhausto y tu fuerza mental está temblando. Un año más, y estás viendo ya la bandera de la meta, pero te tropiezas y tu mente deja de cooperar. Y de repente, la meta vuelve a estar lejos. El premio era entrar a la carrera que deseabas.
Esta es la realidad que viven miles de estudiantes que tienen que enfrentarse a la selectividad. Hablamos de años de esfuerzo, desgaste mental, expectativas familiares y personales. Y aquí es donde entra el famoso plan B que todo el mundo te dice que debes tener, el verdadero enemigo: la normalización del plan B. Decimos “no pasa nada” demasiado rápido para algo que, para muchos jóvenes, sí lo cambia todo. Para jóvenes que se mantenían estudiando hasta las tantas de la madrugada, porque contaban con una vocación y esperanza de ser grandes en lo suyo.
El problema de esto es la manera en la que se vincula el valor personal con el resultado académico. Como personas, con valores insuperables y habilidades prodigiosas, se reducen a la nada por fracasar en ese aspecto. Y es que nadie comenta sobre lo difícil que es vivir con la herida profunda de no haber entrado a la carrera de tus sueños, porque la gente está muy ocupada romantizando una vía que no era por lo que uno se deja la piel.
Se espera que sonrías, te adaptes y escuches frases como: “Todo pasa por algo, quizás esta carrera te guste más”
Quizás el problema no sea que la carrera te guste más o menos, quizás el problema no es que existan planes B. Los planes B no son malos, lo malo es que hayamos normalizado la represión del dolor de perder un sueño para adaptarse rápidamente a otro. Además, ¿Cómo sabes qué carrera te gusta más si nunca pudiste estudiar la que soñabas?
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