
Soplaban vientos nuevos, vientos del pueblo, vientos de esperanza, cuando la riojana Carmen Guerra San Martín llegó a Córdoba en el año 1933 para tomar posesión de su plaza como directora de la Biblioteca Pública. Premio especial de licenciatura en Filosofía y Letras, becada en Estados Unidos, Carmen aportaba un revolucionario bagaje de modernidad que contrastaba con la única sala de lectura existente a la sazón en la ciudad: ruinosa, antihigiénica y prácticamente inaccesible.
Alternó su trabajo en la gestión bibliotecaria con la docencia en la Escuela de Artes y Oficios, donde enseñó latín y griego y, a partir de 1935, impartió clases de apoyo en la propia biblioteca. La nueva directora puso en práctica las flamantes ideas traídas de su estancia en el extranjero, creando varias dependencias, adquiriendo nuevas colecciones de revistas y obras de actualidad, transformando el espacio en un lugar cómodo y atractivo. Hizo además que los libros comenzaran a circular. El resultado fue un elevadísimo nivel de nuevos lectores.
Carmen constituía, asimismo, un modelo diferente de mujer: profesional y apasionada por su trabajo. Entabló amistad con personalidades del mundo político e intelectual local de la época, como el alcalde socialista Manuel Sánchez-Badajoz o el profesor del Instituto de Segunda Enseñanza y diputado Antonio Jaén Morente.
Estas relaciones, su talante de mujer avanzada e ilustrada, su labor en la divulgación de la cultura, habrían de costarle muy caro tras el golpe de Estado del 36. Estuvo a punto de ser fusilada y, en 1937, un año después de ser cesada, se dictó contra ella, por expediente de depuración, la separación definitiva del servicio y baja en el escalafón de sus dos empleos de directora de la biblioteca y de profesora auxiliar. Se la acusaba de ser izquierdista y marxista, de hacer proselitismo de estas ideas en el ejercicio de su profesión; de celebrar reuniones con jóvenes progresistas en la biblioteca; e incluso de ser “irreligiosa”.
Años terribles, sin poder trabajar, viendo cómo se desmoronaba todo lo que la República había levantado para regresar a la vieja España de caciques, sotanas y miseria física y moral.
Luchadora tenaz, consiguió que se revisara su expediente en 1942. No obstante, fue trasladada de manera forzosa a Oviedo, con prohibición de solicitar vacantes durante cinco años, inhabilitación para cargos directivos y de confianza y prohibición de solicitar haberes atrasados.
Su calvario terminó en 1948 cuando otra Orden Ministerial derogó la anterior. Por entonces, Carmen llevaba ya un tiempo trabajando en la Biblioteca de la Universidad de Oviedo, de la que llegó a ser directora y donde finalmente se jubiló.
Dicen que no volvió a mencionar jamás a Córdoba. La ciudad también pareció olvidarla. Cuando, después de años de obras kafkianas, al fin abrió la nueva Biblioteca Provincial —que, dicho sea de paso, nos costó sacrificar una rosaleda centenaria, como si no hubiese otros emplazamientos para instalarla—, se habría tenido una oportunidad de oro para reparar la deuda con ella, poniéndole su nombre al centro, pero se prefirió el de un grupo de poetas archihomenajeados. Y aún tenemos que agradecer que a alguien se le ocurriera al menos llamar al salón de actos “Carmen Guerra”.
A prefigurar en su justa dimensión la labor de Carmen Guerra ha cooperado mucho la exhaustiva y rigurosa investigación desarrollada recientemente por Francisco Xavier Redondo Abal, bibliotecario de la Universidad de Santiago de Compostela.
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